The Spokesman-Review · https://www.spokesman.com/stories/2026/jul/10/they-met-while-being-treated-for-brain-injuries-no/
El 10 de julio el Washington Post contó la historia de dos adolescentes que despertaron de sendos comas en el mismo hospital y se casarán este otoño. La Escritura nombra por qué conmueve.
Nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.
2 Corintios 1:4
El 10 de julio el Washington Post publicó la historia dentro de su serie "Optimist". En 2018 Zachary Zarembinski, jugador de fútbol americano de secundaria, pasó nueve días en coma en el Regions Hospital de St. Paul. Casi al mismo tiempo, Isabelle Richard, de dieciséis años, yacía en coma unos cuartos más allá tras estrellar su Jeep. Sus madres se conocieron mientras sus hijos seguían inconscientes. Vinieron años de rehabilitación por separado. En 2024 los dos se reencontraron por una publicación de Facebook, y este septiembre se casan en Red Wing, Minnesota, con las enfermeras que los atendieron entre los invitados.
La versión fácil es el amor venciendo pronósticos imposibles. Lo más cierto es una frase que Zachary le repite: "Yo ya pasé por eso, mi amor. Lo entiendo".
No lo dice por cariño. Lo dice por exactitud. Conoce el peso de un cerebro que vuelve a aprenderse a sí mismo y el miedo que llega después de una convulsión, y puede entregarle ese conocimiento porque él lo pagó primero.
Pablo describe ese mismo intercambio, y tiene cuidado con el punto de partida. No arranca con el que sufre. Arranca con el Dios de toda consolación, y todo lo demás es una posta que se pasa de mano en mano. El sufrimiento por sí solo no vuelve tierna a la gente. Endurece a tantos como ablanda, y quien se ha sentado junto a un amargado lo sabe. Lo que convierte una aflicción en un consuelo que puedes llevarle a otro es que alguien te salió al encuentro dentro de ella.
Así que los años que ninguno de los dos eligió no se perdieron, y tampoco fueron el simple precio de la boda. Fueron el lugar donde se les dio el consuelo, y un consuelo dado así jamás fue para guardárselo.