Los rescatistas cavaron seis horas para llegar a un niño enterrado vivo bajo un edificio derrumbado. Su madre y su hermana no sobrevivieron.
La tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; mas tú sacaste mi vida de la sepultura.
Jonás 2:6
El 27 de junio, tres días después de que dos terremotos golpearan con treinta y nueve segundos de diferencia, los rescatistas de La Guaira alcanzaron a Moises, un niño de once años, bajo cerca de tres metros de concreto derrumbado. El video mostró cómo lo sacaban, con los ojos protegidos de un sol que no veía hacía días, entre los aplausos de la gente. El walkie-talkie de un rescatista captó la otra mitad de la escena. Al niño lo encontraron junto a su madre y su hermana. Las dos habían muerto.
Así es la forma de casi todos los rescates aquí. Alguien sube, y ese subir viene cosido a una pérdida que llegó primero. Para el 5 de julio los muertos confirmados pasaban de 3.342, más de 770 edificios estaban en el suelo y más de seis millones de personas figuraban entre los afectados. Los aplausos y el conteo ocurrían en la misma semana.
Jonás reza su salmo desde dentro del pez, pero el lenguaje es más extraño que el escenario. Habla de las raíces de los montes, de la tierra cerrando sus cerrojos sobre él para siempre. Está escribiendo la sensación de estar enterrado. Lo que parte la frase en dos es una sola palabra: mas.
No porque las profundidades fueran poco hondas. No lo eran. Bajó hasta el fondo, y algo llegó más hondo todavía.
Los hombres que cavaban hacia Moises no tenían una teología del abismo. Tenían seis horas y sus manos, y la negativa a llamarlo recuperación mientras todavía pudiera ser rescate. La esperanza, cuando le quitas el sentimentalismo, se parece a eso: un trabajo que sigue pasada la hora en que las probabilidades mandaban parar.
Alguien seguía allá abajo en la oscuridad. Otro decidió que eso bastaba para seguir cavando.