x.com · https://x.com/briansolis/status/1664747491399553027
Estados Unidos enfrenta la mayor escasez de trabajadores jamás proyectada. Hace tres mil años, el rey más rico de la Escritura vivió lo mismo y tuvo que escribir una carta.
Envíame un hombre hábil que sepa trabajar en oro, en plata, en bronce y en hierro … con los maestros que están conmigo en Judá y en Jerusalén.
2 Crónicas 2:7
En las ceremonias de graduación, los estudiantes abuchean a los oradores que celebran la inteligencia artificial. Meta la citó al recortar ocho mil empleos. Y el 12 de julio de 2026, The Hechinger Report mostró al mismo país caminando hacia su mayor escasez de trabajadores jamás proyectada: más de 18 millones de trabajadores con estudios universitarios se habrán ido para 2032, y llegarán menos de 14 millones. Los vacíos están en el trabajo que mantiene a la sociedad en pie: enfermeras, maestros, conductores, electricistas, soldadores. En un edificio a medio terminar, un cartel dice: "Termina esto, ChatGPT".
Seth Russell, de 22 años, suelda en Torrance, California. Su consejero escolar lo empujaba hacia la universidad; él se la saltó y no carga ninguna deuda, en un mercado donde algunos oficios arrancan en 50 dólares la hora. La tenaza la armaron los dos partidos: una meritocracia que convirtió el diploma en la única puerta respetable, y una política migratoria que un economista comparó con recoger el tapete de bienvenida.
La Escritura guardó registro de este aprieto exacto: la carta de un rey. Salomón está por construir el templo. Tiene las reservas que le dejó David, cedro contratado en el Líbano, oro que ya nadie cuenta. Lo que Jerusalén no puede producir es un maestro artesano, así que le escribe al rey de Tiro para pedirle uno, con el salario ofrecido en trigo, cebada, vino y aceite (v. 10).
El oro ya estaba en la ciudad. Las manos no.
Tiro envía a Hiram-abi, hijo de madre israelita y padre tirio, que dominaba el bronce, la piedra, la madera y el carmesí (vv. 13-14). La casa donde vendría a reposar la gloria de Dios la levantó un artesano extranjero prestado, que el rey más rico del mundo tuvo que pedir con buenos modales.
La carta admite lo que las economías insisten en olvidar: la destreza es una moneda que los reyes no pueden acuñar. Dios la reparte en manos concretas, cruzando fronteras y linajes, y no hay tesoro que la haga volver cuando a una generación entera se le enseñó a mirarla por encima del hombro.
Nada de esto es un juicio contra la universidad; enfermeras e ingenieros aparecen en las mismas listas de escasez que los soldadores. Pero 50 dólares la hora es un país reaprendiendo, despacio, a escribir la carta de Salomón.
