The New Yorker · https://www.newyorker.com/culture/the-weekend-essay/my-season-of-ativan
Una actriz que enterró a sus padres mientras enfrentaba el cáncer dijo que el duelo no tiene fórmula. Junto a la tumba, a punto de resucitar a su amigo, Jesús lloró primero.
Jesús lloró.
Juan 11:35
Amanda Peet, la actriz, fue a un pódcast sobre el duelo y contó la peor etapa de su vida. Se enteró de que tenía cáncer de mama el mismo fin de semana en que murió su padre, mientras su madre, al otro lado del país, también se estaba muriendo. Buscando cómo decirlo, dijo que no existe un algoritmo para el duelo. Ningún conjunto de pasos que funcione igual cada vez, ningún orden, ninguna fórmula, ninguna manera de adelantarse al dolor.
Hay un versículo que le da la razón, y es el más corto de toda la Biblia. Dos palabras: Jesús lloró. La escena es un funeral. Su amigo Lázaro ha muerto, y Jesús llega a la tumba donde las hermanas del muerto están de duelo. Y entonces lo extraño: está a punto de resucitar a Lázaro. Lo sabe. En unos minutos el muerto saldrá caminando de la tumba, vivo. Y aun así, ahí parado, rompe a llorar.
La gente siempre se pregunta por qué. Si sabía cómo terminaba, ¿por qué llorar? El texto deja una pista. Un momento antes aparece "conmovido" y "turbado" por dentro, palabras que en el original llevan tanta ira como tristeza. Llora como se llora ante algo que no debería existir. La muerte es una intrusa, una herida en un mundo que él ama, un atropello incluso cuando es una muerte que está por deshacer. Los que estaban ahí lo dijeron más sencillo: "Mira cómo lo amaba."
Esa es la parte en la que vale la pena detenerse. La única persona que podía deshacerlo todo no pasa de largo por el llanto para llegar al milagro. Primero entra en el dolor de ellas, y solo entonces actúa. Así que cuando Peet dice que no hay algoritmo, tiene más razón de la que cree. No hay pasos, porque el duelo es lo que hace el amor cuando se topa con una pérdida de ese tamaño. Hasta el que estaba a punto de vaciar la tumba se quedó frente a ella y se permitió llorar. Quizá sea lo más tierno de toda la historia.
