Frente a Fiordland, unos buzos hallaron un coral negro de cuatro metros y cuatro siglos, blanco y vivo en aguas oscuras que nadie había cartografiado.
¡Cuán innumerables son tus obras! … He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables.
Salmo 104:24-25
Frente a Fiordland, donde las paredes del fiordo caen hacia un agua demasiado honda para la luz, unos buzos hallaron un coral negro del tamaño de un árbol pequeño. Mide cuatro metros de alto. Según el mejor cálculo, lleva allí cuatrocientos años, vivo desde antes de que estas costas figuraran en mapa alguno, creciendo a pasos lentísimos en una oscuridad donde ningún ser humano debía entrar.
El nombre engaña. El coral negro vivo es blanco, un pálido abanico de pólipos; solo el esqueleto que lo sostiene corre oscuro. Así, durante cuatro siglos algo blanco y respirante se ha ido extendiendo en el frío, sin que nada lo viera, sin que nadie lo contara.
El salmo que alaba un mar grande y anchuroso, rebosante de criaturas que nadie alcanza a contar, es lengua de adoración, cantada hacia un Hacedor cuya atención llega a lugares que la nuestra jamás seguirá. Algo de lo que deleita a Dios, sencillamente nunca íbamos a verlo.